CLAVOS, CÁRITAS Y CNT

Tengo varios amigos que lo están pasando mal, y es bueno estar a su lado (los amigos no los lleva el viento ni las recesiones). También tengo un padecimiento insondable que se nutre en ocasiones de dolores ajenos. Tengo ganas de embromar y gruñir verdades al tiempo que el G-20 llega a la conclusión de que estamos en una recesión mundial que hay que solucionar (grandes mentes se han paseado entre risas por Londres).

Observo los pasos de la injusticia por esta ciudad, por este país de vino vetusto y pandereta cansada, por el planeta Tierra..., y duele saber que los ricos lo son más y que el hambre aprieta, y que la integridad exclusivamente es una utopía, ya que el 16% de parados ha llegado a España, y suma y sigue. Me duelen –me avergüenzan- los sindicatos que se cruzan de brazos, los partidos políticos que nos dicen: “Esperanza, saldremos de esta situación enseguida”; mientras tanto, miles y miles de familias no pueden llegar a mediados de mes, y Cáritas se colma de gente desesperada por tener entre sus manos un plato de comida, caliente, a poder ser.

Dos extremos: el blanco y el negro. Unos andan a lo suyo –amplia mayoría-, y los otros intentan que este desgaste de humanidad no vaya a más. Y paseando con el clavo correspondiente en mi corazón por esta ciudad de diablos, ángeles, momias y pasotismo, veo gratamente los carteles rojos y negros de la C.N.T: Bonito amago de intentar que abramos los ojos, y que la crisis la pague “el capital”, no los pobres trabajadores que, si nadie lo remedia, pronto estarán en la calle junto con los otros 3,6 millones de parados.

También me consta que en esta ciudad con olor a rancio, a orines de gato impertinente y lampiño, ha habido desde hace meses varias manifestaciones del sindicato C.N.T. No importa ser afín a tal grupo, lo importante es que hay un colectivo que ha salido a la calle de manera simbólica para manifestar que los de arriba, siempre los de arriba, nos están tomando el pelo a los de abajo: gente corriente, muchos de ellos apolíticos, que únicamente desean un mínimo bienestar social, un trabajo digno y no tantas mentiras ni tanta esperanza de todo a 1 euro o 50 céntimos.

Desde aquí mi apoyo más sincero con esas personas o esos colectivos que de una u otra forma están luchando por y para las personas: Desde Cáritas hasta la C.N.T, sabiendo que nada tienen que ver, que existe una gran frontera entre ellos. Pero es que en época de recesión cada gesto de benevolencia es necesario por pequeño que sea; cada acto en pos de la verdad y de la decencia es sumamente fundamental. En días de oscuridad es cuando las palabras sí se las lleva el viento; son los actos los que cuentan, los que nos hacen ser personas. Deberían tomar nota otros sindicatos, partidos políticos y demás organizaciones con lo que anteriormente he expuesto. Porque, sin duda, el que se queda de brazos cruzados pudiendo ayudar y no lo hace, es un ser nauseabundo, una gota en el océano de la humanidad, un mediocre, un ego centrista que, sin saberlo, acabará pagando su desidia, sino al tiempo.
Alexander Vórtice

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