Adiós a Juan Vidal Fraga

Era un hombre al que admiraba por sus artículos en el Diario de Pontevedra. Me fascinaba su pensamiento sobre el ciudadano y la libertad individual, el hombre por encima de cualquier ideología.
Xesús López se había ofrecido a presentarnos cuando un empeoramiento de su estado de salud lo impidió. Desde entonces he seguido de cerca su evolución hasta que ayer se consumó el fatal desenlace.
Piensas que ya tendrás tiempo de conocer a una persona, que el siguiente fin de semana te viene mejor, y cuando quieres reaccionar ya no puedes. Como yo no soy bueno redactando prefiero dejaros con este emotivo artículo que uno de los grandes periodistas de esta ciudad le ha dedicado hoy en el Diario.


Lo escribió el poeta
Alexander Vórtice en las páginas del Diario hace exactamente un mes: «Mientras escribo esto, don Juan Vidal Fraga, filósofo, abogado y columnista de este periódico, lucha sin descanso por salir de un coma, al parecer, irreversible. Conozco a Juan Vidal, y ha hecho frente a más de mil reveses a lo largo de su vida, y ha conseguido continuar adelante; también se ha sacrificado por cientos de personas, aunque la gran mayoría de ellas sean ingratas y ya no sepan lo que él hizo por ellas. Por eso, hoy, desde aquí, amigo Juan, te digo ‘jamás temor’, y que Dios sostenga con sus manos tus ganas de seguir luchando y dando ejemplo».

No pudo: no salió de ese coma. Juan Vidal Fraga, que deja dos hijos, falleció ayer en Pontevedra, la ciudad de su biografía, tras padecer una penosa enfermedad que lo puso hace ya meses a las puertas de la muerte. Fue abogado, de los mejores matrimonialistas que hubo en Pontevedra, y líder de causas ecológicas, en cuya militancia perteneció siempre con la furia racional de la que presumía. Llegó a presentarse en elecciones municipales bajo las siglas del CDS primero y Os Verdes después, hace sólo seis años, y mucho antes, en plena Transición, al Senado por la Coalición Partido Popular Gallego-Partido Gallego Socialdemócrata.

Juan Vidal Fraga era un filósofo; esto es, un hombre sabio. Su estampa de los últimos años, la de un hombre ligeramente encorvado que va dando chupadas a la pipa en eterna cavilación, lo retrata en el imaginario de una ciudad exigida por hombres así. A los periodistas los recibía a veces en su despacho, en el cruce de las calles de Joaquín Costa y Peregrina, y frecuentaba tertulias y era habitual verle en La Cabaña entre jóvenes, uno de los locales decanos de la noche de Pontevedra donde mejor se va hirviendo el diálogo, que es siempre lo que Vidal Fraga ha ido persiguiendo en todos sus años: el intercambio de ideas y pareceres, la tolerancia con la opinión del otro, la discusión sobre los más amplios conceptos que ha desarrollado siempre, a lo largo de su Historia, el Hombre, en esas mayúsculas que tanto significado encerraban, sin misterios, sus columnas de los lunes.

Fue un tertuliano de excepción, alguien cercano que daba calor y con el que las palabras se iban desatando sin aspereza ni amargura, a pesar de las ideas enfrentadas y de las polémicas necesarias, bajo un humor nada cáustico. Vivió, habló y escribió sin doblez («como escritor, intento decir la verdad, se entiende: lo que yo considero es la verdad. Y tal actitud está reñida con el arte de disfrazarse») y a pesar de que la enfermedad y de que una cierta tristeza parecía asaltar su rostro en los últimos tiempos, aparecía puntualísimo, casi a la medianoche, a entregar su artículo semanal al periódico.

Fue un ‘verde’ furibundo que no dudó en sumarse a la causa a los setenta años: lideró Os Verdes en 2003 y aunque no sacó concejal sí sorprendió su abultado número de votos. Fue entonces cuando protestó por la remodelación de la Praza de Verdura, a la que le habían segado las catalpas, y parodió la falta de bancos con una escena festejada e irónica, a la altura de su majestuosa retranca.

Consumado ajedrecista, filósofo del eterno retorno y enamorado, pobló sus líneas de ideales a los que sostenerse en tiempos resquebrajados, y no dejó una sola mañana de levantar la cabeza y alzar el mentón, con el orgullo de aquel a quien los demás siempre consideraron, más allá de sus etiquetas y de su figura quijotesca, ladeado el yelmo e impasible el ademán, una buena persona: alguien con el que siempre merecía la pena detenerse y un hombre al que hoy llorar y al que mañana, con la probabilidad que siempre nos devuelve lo perdido, echar de menos.
Manuel Jabois

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